Relato para Eka 

Tenías casi un año y medio, ya caminabas bastante firme, tenías solo dos dientes abajo, pero durante esas semanas te habían salido cuatro dientes juntos arriba. Cuando la cuarentena nos obligó a frenar, estábamos en Suiza luego de haber recorrido Barcelona, allí donde comenzó este periplo que habíamos pensado sería el primero de muchos junto a vos.

Habíamos pasado unos días increíbles en Barcelona, Girona y Besalú y nada parecía que iba a terminar como terminó. Los eventos callejeros, los restaurantes, los shoppings…Pero con el correr de los días empezamos a ver que el avance de este virus no era normal y que debíamos recalcular inmediatamente para, al menos, estar en un lugar seguro.

Ya habíamos decidido que Francia e Italia quedarían para una próxima vez y Suiza nos parecía un lugar tentador, aunque caro. Cuando vimos la solicitud para cuidar una casa y dos perros en una zona alejada que requería que los cuidadores contaran con auto, decidimos postular igual. Porque sí. ¡Por qué no? Porque hija… además del deseo tienes que armar el plan para conseguirlo. Y a los dos días estábamos hablando con la dueña y acordando llegar a Ginebra, Suiza.

El día que, tras perder un vuelo, dejamos Barcelona para volar al país de los chocolates y los relojes (entre tantas otras cosas), fue el mismo día que España comenzaba a cerrar sus fronteras. Creo que no te enteraste de esa corrida entre metro, bus y aeropuerto porque ibas en tu cochecito, tapada y dormida. Sí, corrimos y estábamos un poco desconcertados.

Llegamos a Ginebra y de allí a Commugny, el pueblo que nos iba a acoger por 3 semanas. Todo se veía bastante normal, llegamos a la casa luego de perdernos un poco (muy típico) y que un vecino nos llevará en su auto (amabilidad suiza). No había nadie cuando llegamos, pero nos habían dejado la llave, nuestra habitación preparada y en la mesa dulces y mucha comida, los juguetes, los perros Nanook y Piko que no paraban de ladrar…. Hasta que llegó la dueña de casa y después de hacernos un recorrido por la casa nos llevó a hacer las compras en un Carrefour de Francia que estaba solo a 2,5 km.  Recuerdo que esa noche estabas saltando de un lado a otro y costó hacerte dormir…el día había sido muy largo para los tres.

Al otro día la dueña ya había partido a su país (Estados Unidos) y no volvería en tres semanas. Esos días fueron de mucha tranquilidad, pero también de incertidumbre. Era inevitable no escuchar todas las noticias que iban llegando del mundo, los comentarios, las predicciones. Y si, una noche mamá llorando le dijo a papá “tengo miedo”. Hasta ese momento no me había sentido nunca así.

Eka, el miedo es una constante en la vida. Nadie nace preparado para estos momentos y no hace falta ser fuertes ni valientes siempre. A veces encontramos la calma en un abrazo y así pasa…

Los días siguientes decidí apagar el celular y dejar de escuchar opiniones y pareceres porque en definitiva nadie sabía lo que iba a pasar. Ni aún, mientras escribo este relato con vos dormida al lado, nadie lo sabe. Decidimos dejar de escuchar cuestionamientos sobre si nuestra decisión de viajar con vos estaba bien o mal. Confiar en uno mismo como madre y padre. Confiar en tu propia capacidad de desenredar ese ovillo de dudas y desconciertos. El dolor en el cuerpo desapareció y con papá dijimos que lo íbamos a ir resolviendo paso a paso… así como armamos este viaje… así lo íbamos a ir rearmando.

Un virus que había surgido en China casi tres meses atrás estaba desafiando al mundo a detenerse. En muchos países la gente estaba obligada a quedarse en su casa, con consecuencias penales a quien no las respete. Los lugares que nunca imaginábamos ver vacíos, lo estaban… No había otro tema en los noticieros que mostraban a muchas familias llorando porque perdían a sus familiares.

Se nos había pasado casi dos semanas y la situación no solo no mejoraba, sino que empeoraba y no hubo discusión acerca de si debíamos continuar viaje o no. Solo queríamos estar como hasta ese momento, tranquilos y saludables. Pero nuestro “housesitting” tenía fecha de vencimiento y teníamos que decidir hacia dónde ir.

Los vuelos de repatriación a Argentina eran una opción, pero con el riesgo que además de las 40 horas de vuelo, quedáramos varados en alguna escala. Ya no podíamos entrar a Argentina, así lo habían decretado. Pero calma. Irnos a un país más barato tampoco era una opción que nos convenciera demasiado por el hecho de que todos habían cerrado sus fronteras, aún aquel puñado de países para nosotros remotos que no tenían casos del COVID19. Empezamos entonces a buscar opciones de alquiler para quedarnos en Suiza.

Confiamos. Tuvimos suerte. O como nos dijeron, tuvimos un Dios aparte, pero a 15 minutos de empezar a buscar un lugar para alquilar nos llega un mail del Consulado de Argentina en Suiza en respuesta a un formulario de repatriación que habíamos llenado. Porque sí, porque hay que agotar todas las instancias posibles, crear un abanico de posibilidades para poder elegir.

Ese mail empezaba diciendo “Estimado/a compatriota” y lo que seguía era lo que seguramente nos habrás escuchado contar mil veces: volvimos en un vuelo que venía a la Argentina a buscar a suizos varados y nos llevaría de vuelta a casa en un vuelo directo y de manera gratuita.

No decía más nada, solo que debíamos presentarnos en dos días en el Aeropuerto de Zúrich. La incertidumbre no desapareció porque por otro lado nos llegaban noticias de que el espacio aéreo argentino estaba cerrado. Pero otra vez confiamos e hicimos lo posible para estar a la hora y en el lugar que se nos había indicado.

Tuvimos que dejar a Nanook y Piko antes de lo previsto. Su dueña estaba en Estados Unidos  y su vuelo para regresar el 2 de abril había sido cancelado y nosotros debíamos dejar la casa el día 28 de marzo.

Nada que no se pudiera conversar. El diálogo es esa herramienta que nos permite despejar el camino de malos entendidos, de malas interpretaciones. La dueña de la casa nos dijo que lo importante era que nosotros llegáramos bien a casa. Ella también estaba intentando lo mismo. Y como si el universo se hubiera puesto de acuerdo ella pudo volver el mismo día que nos íbamos. No nos pudimos despedir presencialmente, aunque seguramente nuestros trenes se hayan cruzado ya que ella llegaba al aeropuerto de Zúrich y nosotros debíamos ir hacia él.

Agradecer y devolver un poco de todo lo recibido es lo que intentamos hacer, aunque todavía no habíamos logrado llegar a casa, pero sentíamos que todo se estaba dando no solo por haber completado un formulario a tiempo sino porque hay “personas-puentes” que aunque no se den cuenta te dan ese empujón hacia el camino que te llevará a casa. Tal vez te tiren un dato que te sirve, una recomendación o simplemente ánimo y hay que ser agradecidos. También están las que te van a decir “te vas a caer” en vez de “anda con cuidado, pero anda”, pero lo importante es mantenerse firme frente a lo que uno siente que es mejor.

Pasamos la noche en el aeropuerto. Nos reímos de nosotros mismos. Veíamos que todo estaba cada vez más cerca. Y lo mejor es que te veíamos bien, sonriente y chispita como siempre. Un poco tensionados por momentos cuando no querías parar de corretear de acá para allá. En tiempos de pandemia, pedir a una beba que se quede quieta no era una misión fácil.

El vuelo se demoró en salir, pero una vez adentro todo se hizo casi realidad. 14 horas después estábamos en Buenos Aires. No sabíamos a donde nos iban a enviar a hacer la cuarentena, pero a esta altura eso era lo de menos.

Ya habíamos previsto que, si debíamos volver a casa, alguien con el debido permiso de circulación debía buscarnos en el aeropuerto y por eso lo habíamos acordado de antemano desde Suiza. Ese buen señor no sabía si a nosotros nos iban a dejar salir del aeropuerto, pero como bien nos dijo “ustedes quédense tranquilos que yo voy a estar igual, pendiente como si fuera su familia”.

También sabíamos que había una posibilidad de que nos enviaran a algún hotel a hacer la cuarentena y por eso nuestras familias estaban pendientes si debían dejarnos o no la casa preparada con comida o no.

Pasamos todos los controles, toma de temperatura, declaración jurada y ¡uf!, estábamos afuera. Acalorados porque veníamos abrigados y sintiendo que queríamos llegar a casa, pero faltaban aun 100 km.

Creo que no caímos sino hasta que vimos la autopista vacía y pasamos tres controles de gendarmería. Era de película. Pero no fue una película.

Fue y es real. Obviamente no te vas a acordar, solo te podremos mostrar fotos y ahora quedará este relato para vos. Escrito en el preciso momento en que estamos en nuestro sexto día de cuarentena estricta y obligatoria en casa. Justo hoy, cuando estas cumpliendo un año y medio de vida, quisiéramos regalarte estas palabras, no a modo solo de anécdota sino por el aprendizaje continuo que nosotros, tus padres, obtuvimos viajando.

No sabemos si será de tu gusto viajar. Tal vez todo lo que imaginamos hoy para vos no sea lo que elijas, pero si lo haces, si el viaje también formara parte del equilibrio de tu vida como lo es para nosotros, entonces queremos mostrarte lo mucho que nos ha enseñado el mundo a nosotros. Y ojalá podamos mostrártelo a vos también.

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